martes, 18 de febrero de 2014

ÁLAVA. Obligaciones de los maestros y maestra de escuelas públicas de primeras letras establecidas en esta ciudad para niños y niñas (1816)


La Comisión de Escuelas, cumpliendo con el encargo que US, se sirvió hacerla, relativo a las obligaciones de los Maestros, propone las que contempla deben observar; a saber.,
1. Deberá presentar el Maestro principal a la Comisión de escuelas nombrada por el Ayuntamiento, el reglamento interior que se  ha de observar por los tres Maestros en  sus clases respectivas, previos informes que deberá tomar del segundo y tercero, los cuales estarán  en todo tiempo sujetos al dicho primero y principal en el método de la enseñanza, y demás relativo a la instrucción,  disciplina y policía, reconociéndolo por su Jefe inmediato, y por cuyo medio acudirán á.la Comisión en cuanto les ocurra representar.

2. Se prefija la edad de seis años en los Niños, y la de cinco en las Niñas para su admisión en la Escuela: de primeras letras.

3.  Desde 1º de Mayo basta 3o de Septiembre asistirán á las escuelas por la mañana desde las ocho hasta las once; por la tarde de desde las dos hasta las cinco. Y desde el 1º de octubre hasta el 30 de abril ; por la mañana desde las ocho y media hasta las  once y media; y por la tarde desde la una á las cuatro.  

4. Todos los Maestros acudirán con sus discípulos los domingos y demás días de ambos preceptos, despees de reunidos en sus escuelas, á la Misa mayor a las Iglesias Parroquiales repartidos entre las de Santa María, S. Miguel y S. Vicente, dirigiendo los más' tiernos a la primera indicada y por las tardes acudirán por el mismo orden á dichas Iglesias á Vísperas y Doctrina.

5.  La enseñanza de la Doctrina Cristiana, será una de las primeras ocupaciones de los Maestros, quienes emplearán en instrucción las tardes de todos los. jueves , sábados y medias fiestas, procurando no tan solo que los discípulos sepan de memoria el Astete sino que comprendan su verdadero sentido, que harán entender por medio de explicaciones claras y sencillas, acomodadas á la capacidad de los Niños y Niñas; é igualmente los instruirán a fondo las disposiciones y método para confesarse y comulgar.

6. De las tardes de los citados días jueves, sábados, y medías fies­tas dedicarán una hora á la enseñanza de las principales reglas de civilidad y urbanidad.



7 .No se usará en las Escuelas, del castigo de los azotes; y los  maestros  se valdrán para la corrección de los discípulos  del poste,  palmetas, encierro, exclusión de asientos privilegiados, u otros semejantes  según la clase del delito que cometa el discípulo.

8. Los Maestros deberán procurar que sus discípulos se presen­ten con aseo, y dedicar su atención a que sean moderados en palabras y modales; y respeten como es debido a las Autoridades y Sacerdotes, y mayores de edad; castigando sin indulgencia a cualesquiera que faltase a estos preceptos, y premiando a aquellos discípulos que se aventajen a los otros en virtudes morales y sociales, insinuando a todos el amor a estas virtudes con la mayor dulzura y suavidad.

9.  Si la fatalidad hiciese que alguno de los discípulos fuese tan díscolo que después de  ser corregido con suavidad y castigado con rigor, no diese muestras de enmienda, y su ejemplo fuese pernicioso a los demás niños, el Maestro dará cuenta á la Comisión para que ésta  disponga su expulsión.
10. Cada Maestro tendrá un libro en el que se matricularán por su orden todos los Discípulos, y anotará el nombre, apellido, día en que faltase, causa de las faltas y demás observaciones conducentes, para que pueda formarse juicio comparativo de sus progresos.

11. Habrá exámenes públicos todos los años en la Casa Consistorial el día 26 de Julio, y concluidos se aplicarán dos premios por cada clase de instrucción, y otro por la buena conducta en cada una de las Escuelas en esta forma: dos por Doctrina Cristiana: dos por Leer: dos por Escribir: dos por Contar, dos por Ortografía: dos por Gramática Castellana y tres por razón de buena conducta que en todo componen quince premios.

12. No estará en las facultades de los Maestros, bajo de ningún motivo, el dispensar la asistencia de sus Discípulos a la Escuela sin li­cencia expresa de la Comisión, salvo los días de Domingo y de ambos preceptos, desde 26 de Julio hasta 8 de Agosto, y desde la víspera la de Navidad hasta el segundo día del año, y desde Miércoles San­to hasta el Miércoles de Pascua de Resurrección, Pascuas de Pente­costés, San Prudencio y San Luis Gonzaga, en que se dispensa la a­sistencia qué indica el capitulo 4.°

13 Será del cargo de cada Maestro el aseo y limpieza de las piezas que le estén señaladas para la enseñanza, sin que por ningún título pueda emplear en esta ocupación á ninguno de los asistentes á su Escuela,

14.  La conservación de las habitaciones que ocupen los Maes­tros ha de ser de su cuenta ; y de la Ciudad la de las oficinas destinadas á la enseñanza, como también el retejo.

15.  Ninguno de los tres Maestros ha de poder dar lecciones particulares a quien no sea Discípulo actual de las Escuelas, y aun á es­tos haya de ser en la misma casa de Escuelas y fuera de las horas arriba señaladas.

16. El Maestro principal dará las disposiciones que contemple oportunas para que las puertas principal y del patio de la Correría se hallen abiertas á las horas de entrada y salida de los Discípulos, y cerradas, la principal á la hora competente, y la, del dicho patio luego al punto de concluir la salida de los discípulos por la tarde.
17. Los tres Maestros tendrán obligación de instruir a las niñas, a cada una en su respectiva clase, según y de la misma forma que a los niños, acudiendo para ello á horas competentes por mañana y tarde á su Escuela.

18. Que la Maestra y su Ayudanta observarán con sus discípulas, buen orden, instrucción en la Doctrina Cristiana, y demás aspectos en la educación fundamental propia de este establecimiento; entendiéndose para con ellas el que la edad prefijada para que las niñas sean admitidas a la instrucción de la costura y planchado, sea cuando menos la de ocho años; y la de doce para entrar al bordado; y se las dispensa de la asistencia que para con los Maestros y Discí­pulos indica el capitulo 4. °

19. Que las Escuelas serán gratuitas, según y como se anunció por edictos, sin que los Maestros por razón de la enseñanza pública puedan pedir la menor retribución, lo que se deberá hacer saber al vecindario con copia de este reglamento si mereciese la aprobación de US.

20. Que la Comisión que eso fuere de Escuelas hará observar con el mayor rigor los capítulos ó reglas indicadas y que se estableciesen en lo sucesivo, dando parte al Ayuntamiento de cualquiera inobservan­cia; y los Maestros y Maestras deberán cumplir con exactitud su res­pectiva obligación; bien entendido que en el caso de que alguno fal­tase en parte esenei0 á ello, incurrirá en el desagrado de la ciudad y será depuesto de su empleo.


21. Que estas obligaciones y reglas se añadirá o quitará en lo sucesivo aquello que se tuviese por conveniente para el mayor bien del establecimiento.

Es cuanto por ahora se nos ofrece manifestar y proponer á US., sobre el particular, con sujeción a lo que con su sabia penetración se dignase resolver. Vitoria y diciembre 19 de 1816; Martín Cuesta; Ramón Carlos de Urra; Juan José de Moroy ; Juan Antonio de Retana, Diego de Arriola. Joaquín María de Ugarte é Idígoras.
Enterados S. SS. Del precedente Reglamento, lo aprobaron en to­das sus partes, mandando se observe y guarde exactamente. Que se im­prima y reparta por las vecindades para su inteligencia, haciendo sa­ber su tenor de los Maestros que sean agraciados por la ciudad, para el mas exacto cumplimiento ; y para hacer la impresión se dio comisión al Señor Procurador Sindico General. Decrétese por los Señeres Jus­ticia y Ayuntamiento de esta Ciudad de Vitoria en el celebrado el día 20 de diciembre de 1816 de que yo el Escribano doy fe.
Ante mí
Gabriel de Aragón.   

(Fuente: Centro de documentación de Hª de la Educación en Euskal Herria. Caja 2, carpeta 31)

sábado, 1 de febrero de 2014

LA MAESTRA LEONESA FRENTE AL ANALFABETISMO (1926)


Faustina Álvarez (paisana y colega mía de profesión) fue inspectora de enseñanza en León, allá por los años veinte del siglo pasado.

 Este trabajo que presento es un resumen de un cursillo que impartió en el verano de 1926 a un grupo de maestras. Describe con realismo y crudeza la situación personal y profesional del magisterio femenino de aquella época.

Beligerante, honrada, progresista, esta admirable profesional al servicio de la inspección educativa, no te va a dejar indiferente amable lector.


  

En este cursillo llamado de perfeccionamiento, pero que persigue primordialmente la enseñanza, según se desprende de los temas a desarrollar, en el que intervienen personas de tanto prestigio y demostrada cultura como las que nos han precedido y nos siguen en el uso de la palabra., no podía dejar de oírse la voz de la mujer, factor de importancia capital en los asuntos que nos ocupan, y yo, no como Inspectora de la provincia, cuya intervención, podía tomarse como el cumplimiento de una obligación ineludible, sino como Maestra, traigo a representación de todas mis compañeras de la provincia, Y al ocupar este puesto honroso, no empiezo pidiendo perdón a mi osadía, ni benevolencia para, mis modestas opiniones, creo sinceramente que ocupo ahora el lugar que me corresponde aquí, y voy a hablar con la tranquilidad con que lo hago en mis escuelas, con mis Maestras, en las reuniones que celebro anualmente en los Partidos cuando hago la visita de Inspección, y en mi hogar, cuan do marco a mis hijos el camino a seguir en la sociedad. ¿No estamos tratando de asuntos de enseñanza? ¿No es esto una escuela y un hogar?


 Pues bien, estoy en mi elemento, estoy entre los míos. La Maestra leonesa frente al problema del analfabetismo, es una voluntad y un corazón. Conozco la provincia de León porque de aquí soy natural; la escuela rural, porque fui Maestra de pueblo a los 23 años y las Maestras leonesas, porque hace 6años que con ellas convivo, he sentido sus amarguras, alentado sus ilusiones, con la esperanza siempre de un próximo resurgir, y perseguido con ellas el ideal de regenera ion social, base del engrandecimiento de la patria, que empieza en hogar, siendo su principal factor la mujer, y termina abarcando la humanidad toda sin egoísmos de estrechos límites, como una gran que aspira al bien común, y siempre la mujer, hija, hermana, esposa y madre es el factor insustituible, la llama del fuego sagrado, al calor al cual se templan ]as pasiones, se avivan los entusiasmos y se consignen los triunfos. Pero la Maestra leonesa, fijándome preferentemente en, la rural, vive sola en los riscos de sus montañas, menos fuertes que su voluntad, laborando escondida en la obra, grande, que. El instinto, dice que es buena.


Ocupa locales infames, sin protesta; carece de los medios indispensables para trasmitir la enseñanza, siendo la misérrima consignación que para material recibe, insuficiente  para atender a las necesidades de aseo y calefacción del local; la rodea un pueblo hostil que no siente la obra educadora en la mayoría de los casos, que discute sus métodos de enseñanza, trata de imponer la organización escolar, y le duele el mísero sueldo de 2.000 pesetas (al año) que cobra por un trabajo que creen tan fácil. Su corazón la convierte en mártir por tiempo no se ha sabido educar su voluntad.

  

 En las Memorias anuales que sobre el estado de la enseñanza elevo a la Superioridad, he dicho noblemente toda la verdad del mal de que adolece -nuestra legislación; decía en la de 1921 —«A pesar de las modernas teorías la escuela rural se arrastra penosamente do minada por una rutina agotador, en una, máquina parlante.


 Al Maestro le desespera la falta de vocabulario del niño, desconoce en absoluto la psicología infantil, le quiere necesariamente adulto, que comprenda y exprese sus ideas con regular perfección, y de aquí que le obligue a estudiar una y mil veces la definición estampada en el libro de texto, sin admitir ni indagar siquiera si el niño podría darle una propia que tendría, el mérito indiscutible de la asimilación de la idea.


  

La legislación marca normas fijas para la preparación del futuro Maestro, y los esfuerzos generosos del selecto personal de las Normales se pierden en gran parte. Es ese fárrago indigerible de asignaturas, abarcadas con violencia, el que le obliga a aceptar el trabajo hecho por que no tiene tiempo para la investigación, atrofiando inteligencias y debilitando energías Por eso no salen capacitados para completar por si mismos la cultura que les falta, y para triunfar en unas oposiciones necesitan otros dos anos de preparación especial, acaso con el mismo profesor, que a veces descubre en el futuro educador aptitudes insospechado pechadas. El mal parte de la base. Si ese alumno tiene suerte y se coloca en una población, irá poco a poco reflexionando en lo equivocado de su formación y si es modesto en sus necesidades económicas y tiene fe en la obra de la educación, llegará, a cambiar radicalmente los procedimientos que emplearon para él y podrá ser el educador de sí mismo y el de los otros, arrastrando siempre la falta de origen y esquivando lamentables equivocaciones; pero si, como la mayoría, sin poder completar esa segunda preparación, va al pueblo rural, su fracaso al frente de la escuela, es seguro. De aquí el desánimo, la muerte de la iniciativa y la conversión del educador en máquina que funciona automáticamente


Perdónese la expresión de estas verdades amargas, estoy contando mi historia, estamos en familia espiritual, y podemos oírla. Este estado de cosas se agudiza si la encargada de la educación es Maestra: la vida de familia, los cuidados de la maternidad absorben gran parte de su tiempo. ¿En qué Normal se le enseñó Puericultura para sistematizar la crianza de sus hijos y dar lecciones para los hijos de los demás? (¡De cuántos infanticidios serian responsables las madres más amorosas si la Bondad divina no las absolviera en gracia a su ignorancia!) ¿Se le ha enseñado a sentir las satisfacciones del deber cumplido sin vacíos; a ver en los ojos de los niños que educa ese relámpago de inteligencia que surge, cuando ante una explicación sugestiva y un ahondamiento sagaz del educador, sale el alma a las pupilas del niño, dejando en el corazón del Maestro una satisfacción que no se olvida, un goce que no tiene precio? ¿Hay alguna asignatura de su carrera que se llame vocación profesional? Yo admiro a estos mártires del deber, los esfuerzos sobrehumanos pie realizan para cumplirlo del modo que lo sienten.


Yo pedí en esa Memoria, a que antes aludo, cursillos de enseñanza dados por los Inspectores, en las capitales de provincia a los Maestros y Maestras que más los necesitasen, que sirvieran para quitar la nota deshonrosa de derechos limitados; que duraran un mes, el de Junio (ya daré luego la razón de esta preferencia); subvencionando al personal deficiente; abarcando el pequeño programa; fortaleciendo el ánimo de estos pobres desterrados enfermos del espíritu, para que volvieran a sus montañas renos de optimismo para seguir Con abnegación. No pude conseguirlo. La visita de Inspección no basta para corregir defectos salientes de preparación profesional; tres horas o cinco como máximo al año, o cada dos, para indagar el funcionamiento de una escuela, el estado de la  enseñanza, y dejar una estela de orientación que sea un consuelo y una esperanza, es sencillamente absurdo, Por eso proponía yo los cursillos de enseñanza. Conozco bien esta provincia; el pastoreo reclama al niño desde (i arios hasta 12; salen en las primeras horas de la mañana y vuelven a las once; ya la escuela se ha cerrado.

 El carácter de temporeras con que funcionaron la mayor parte de las escuelas mixtas, originó una costumbre a la que el pueblo se ha habituado por necesidad del trabajo del campo. La escuela no se adapta a las circunstancias de los pueblos; en el mes de Junio no asisten los niños a la gran mayoría de las escuelas, por eso elegía yo ese mes para los cursillos, no habría necesidad de dejar suplentes; el Estado abonarla la mitad del sueldo de cada Maestro; suponiendo que el gasto de cada uno fuera el total, bien podría sacrificar la otra mitad para curar una enfermedad del espíritu, como la sacrifica cuando obtiene la licencia por enfermo del cuerpo. Los Inspectores no tenían dietas especiales, cumplían la principal misión que les está encomendada. Al volver estos Maestros a los pueblos, la clase se haría única y sólo de dos horas, desde las once hasta la una, la lección seria ocasional; conversaciones amenas e instructivas; dedicadas al hacer; cristalizando lo más notable en el diario del trabajo del alumno. Los niños asistirían con gusto; no olvidarán durante todo el verano lo que habían aprendido por el invierno, la enseñanza ganaría mucho y el analfabetismo recibiría rudo golpe.


 Pero con todas las deficiencias apuntadas, de las que la Maestra es el mínimo culpable, es ella la que tiene más valor ante mis ojos y por la que sintió más piedad. Ella ha sido é31 titán de su escasa cultura. Hace menos de 100 años, un Ministro de España, Calomarde, dictaba un Reglamento sobre la enseñanza primaria que decía: «No será condición indispensable en las escuelas de niñas, que la Maestra sepa escribir, podrá, tener un Pasante. Y este Reglamento publicado en 1825 entró en vigor en 1838. ¡Pobre mujer, si a la Maestra no se la exigía saber escribir, qué cultura podrían esperar las demás!

Nos referimos a las clases populares. Más tarde se fueron desterrando preocupaciones y limando asperezas; se le fueron concediendo derechos sagrados, pero con limitación injusta, recelando siempre del uso que pudiera hacer de ellos. Era el hombre el legislador. Y sin embargo, en las estadísticas sobre el analfabetismo, la mujer ha dado un porcentaje de cultura muy superior al hombre en estos últimos cien años. Ella, con verdadera voluntad de hierro, se introdujo en las escuelas, y llegó a las Universidades teniendo que disfrazar su sexo vistiendo traje de hombre, como Concepción Arenal, para poder demostrar, sin jactancia, que en las mismas condiciones podía llegar a valer tanto corno sus ilusiones en listas de aspirantes que no acaban de cubrirse; advirtiendo con él.


Hoy el derecho de la mujer a la ciencia ya no se discute, y aun se la prefiere al hombre en determinados ramos del saber; pero el esfuerzo que supone haber conseguido esa rehabilitación en tan corto tiempo, no se le reconoce con justicia. Volvamos a la Maestra nacional siempre postergada ante el hombre. Se le exigen los mismos deberes; aun ha de aprobar cuatro cursos de labores en las Normales; en oposiciones se les exige un ejercicio más, y sin embargo, no se le reconocen los mismos derechos. Hubo un tiempo en cine se dio preferencia a la Maestra para regir escuelas mixtas; casi todas las de esta provincia se proveyeron en mujeres inteligentes y trabajadoras, que desempeñaron el cargo con amor y constancia por la misérrima remuneración de 60 a 90 pesetas anuales. (Yo regí la de Llanos deAlba, en esta provincia, por espacio de dos años, recibiendo 90 pesetas por cada uno; tenía el Titulo Superior y unas oposiciones aprobadas). Los pueblos estaban contentos; la Maestra no se dedicaba a otras labores que a su escuela y sus niños; desempeñaba el cargo con fe, sin ambiciones; pero se establecen las clamas de adultos sólo en las escuelas regidas por Maestro; los pueblos protestan, se quita la preferencia a la Maestra para las escuelas mixtas; y la mayoría elige Maestro por las ventajas de una clase que a la mujer le estaba vedado desempeñar. Aun arrastramos la injusticia del legislador. La niña no tiene clase de adultas donde afianzar los conocimientos que adquirió en la escuela, siempre de prisa y con deficiencias por que el hogar y las ocupaciones de la mujer la reclaman desde la más tierna edad. Después si, se han creado clases de adultas especiales, en los Distritos Universitarios; pero esto no resuelve el problema del analfabetismo de la mujer más que en 11 poblaciones españolas, La Maestra, sufrida y silenciosa, no ha protestado; no ha sabido alzar su voz pidiere  reclamando justicia equitativa; ha visto como las escuelas son ocupadas por muchos Maestros que sólo esperan, para dejarlas, otro destino más lucrativo; ha sentido como pasan los años, llevándose pena, que existen vacantes masculinas por falta de personal que las solicite, y leyendo que algunas Secciones, ante el problema, solicitan adjudicar a Maestras las plazas que por la causa anterior quedan desiertas


Y aún temen que se acceda a eso, ante la humillación de que el pueblo les dijera: No quiero Maestra para la educación de mis hijas, porque necesito clase de adultos para mis hijos. No hace ocho días, que al recoger una información vecinal me decían las madres: —Firme usted por mí, señora, – ¿Es que ustedes no aprendieron a escribir? Sí, pero como no volvimos a usarlo, después de salir de la escuela, a la que pudimos asistir poco, se nos ha olvidado. Y, ¿se pretende desterrar el analfabetismo cuando a la madre de familia se le ha olvidado escribir? Es la madre la que se afana por enseñar a hablar a su hijo, le quiere más que a su vida con un amor casi salvaje; ella entiende sus necesidades, sus gustos y sus caprichos; pero teme que sufra porque no le comprendan los demás, y se apresura a desatar su lengua y sus miembros con milagros de ingenio, paciencia y perseverancia. No siente las necesidades del espíritu de su hijo y por eso no se ocupa de ellas, dejando a manos mercenarias el cuidado de satisfacerlas; para lo primero la ha preparado la naturaleza, para lo segundo no la ha preparado la educación. Es menester que se corrijan las equivocaciones; la mujer tiene la misma necesidad que el hombre de la cultura; las clases de adultas son de más importancia y trascendencia para el hogar y la sociedad que las de adultos. Si el Presupuesto económico del Estado no lo permite de una vez, repártase equitativamente el beneficio, que no hay razón para una desproporción humillante: León, por ejemplo, tiene 10 clases de adultos y ninguna de adultas. Y, las escuelas mixtas que hoy existen servidas por Maestra, único centro de cultura de los pueblos, ¿por qué no han de tener clases de adultos, mixtas también? ¿Qué se teme? ¿No van juntos al baile muchachos y muchachas? Hace ya un siglo, decía Concepción Arenal: « ¡Sería fuerte cosa que los señoritos respetasen a las mujeres que van a los toros y faltaran a las que asisten a las aulas! ¿Y, por qué habían de faltarles, si se habían educado juntos en la misma, escuela y con la misma Maestra? Hoy ya asisten juntos los dos sexos a todos los Centros de educación, ¿por qué separarlos solo en la escuela primaria, única enseñanza que recibe la mayoría? Los peligros del instinto material, solo se evitan educando el espíritu. Otra de las causas del analfabetismo es la carencia casi absoluta de escuelas de párvulos; en esta provincia sólo existe una en la capital, con más de 200 matriculados. A estas escuelas debería mandarse un. Personal especializado; con locales y material convenientes, y crearlas con profusión en los pueblos. Desde los tres a seis arios el niño está abandonado en el arroyo, si no resta los otros mayores a la escuela unitaria para que le cuiden, porque los padres no pueden dejar las faenas del campo. La Maestra leonesa frente al problema del analfabetismo es una voluntad y un corazón, pero quiere que se la proteja y ayude en la gran empresa. Oriéntesela, dignifíquese; hágase llegar a ella una justicia amorosa y persuasiva. Que sea la mujer la que dicte las leyes que ha de cumplir; que sea otra mujer la que defienda sus intereses sagrados, la que la enseñe, la que la corrija, la qua le muestre desinteresadamente el camino a seguir, ocultando entre las flores de sus afectos las espinas de la ingratitud; que en el corazón generoso de otra mujer pueda confiar sus inquietudes sin recelos, para abordar valientemente el problema, que nos ocupa. Hablando de las aspiraciones de las Maestras de los pueblos rurales, de esas enfermas de tedio y de abandono espiritual escondidas en los valles leoneses, decía yo en la Asamblea de Inspectores de 1921, en la que tuve a mi cargo la ponencia de la Inspección femenina: «Es conveniente, necesario, ineludible e inaplazable que se creen tantas Inspecciones femeninas como sean menester para que todas las escuelas públicas y privadas servidas por Maestra sean visitadas y orientadas por la mujer; y vamos a dar la razón en que se apoya nuestra afirmación categórica. Estamos en el siglo XX en que la mujer de todos los países cultos reclama y obtiene iguales derechos civiles que el hombre, los ansío para todas las españolas y temo que se los den antes de tiempo; anees de que estén suficientemente capacitadas para que el libre ejercicio de los mismos no sea un fracaso. Hay que prepararlas para que tengan base sólida en que apoyar su libertad e independencia, nadie corno la mujer puede orientar y formar a la mujer. Se equivocan los que piensan que el hombre está más capacitado; el hombre, cuando mas, podrá formar mejor la inteligencia, pero el corazón y la voluntad de la mujer, salo lo formará otra mujer de voluntad y de corazón». La Maestra forma la nueva generación, es una madre más perfecta, sin el inconveniente del ciego instinto y con la ventaja de la mayor cultura. La Inspectora es una Maestra de superiores conocimientos; ella ve más amplios horizontes y dirige y orienta conforme a exigencias sociales y necesidades de la época que por las circunstancias del cargo conoce mejor; ella sólo debe abarcar la responsabilidad de la educación femenina en su totalidad. Y nada de temores ni contemplaciones a la debilidad de su sexo, debilidad sólo aparente y en la que se le ha hecho creer a fuerza de repetírselo desde que ha sabido oír.  Ella es tan capaz como el hombre para desempeñar el cargo de Inspector con todos sus inconvenientes y responsabilidades; pero hay que seleccionarla rigurosamente. Se necesita una vocación decidida y puesta a prueba, porque de ella depende el éxito del destino. La Inspectora, como el Inspector, debe llegar al último pueblo de la provincia donde exista otra Maestra como ella para atentarla y orientar su labor educadora. Debe tener una resistencia física capaz de contrarrestar las mil incomodidades, poder caminar 10 o 12 kilómetros a pie sin cansarse. Saber montar a caballo para recorrer más largas distancias por entre breña, y matorrales, sin necesitar guía que lleve el ronzal; no preocuparse del frío ni del calor, de tener que dormir en la mala cama de una taberna o comer unas sopas de ajo, porque en muchas ocasiones no tendrá otra cosa. Debe preferir los pueblos más apartados, porque allí hace más falta su labor. Debe tener por lo menos 30 años; haber sido Inspectora interina bajo la dirección de un Jefe muy capacitado, y tener una personalidad propia, capaz de imponer con su mirada al hombre más libertino. No aceptará ni dentro ni fuera de la oficina y de la zona, otras consideraciones que las .que la educación exige a los hombres entre sí, de tal modo, que haga olvidar su sexo para que se vea en ella, sólo al funcionario probo con todas las cualidades que se exigen para ser tal. Debe tener formado el verdadero carácter mora], y sentir con tal fuerza el ideal regenerador que todo lo posponga a la consecución do su fin. Su ternura de mujer sólo debe desbordarse en la escuela; sencilla y acariciadora, debe hacerse desear, y su visita constituir el premio a la aplicación perseverante del niño y la Maestra. Sin egoísmos particulares con un amplio espíritu de justicia, la aplicará serenamente, prudentemente, sin retroceder ante nada ni ante nadie; teniendo para ella el mismo valor los vituperios, que las alabanzas, ante la tremenda responsabilidad de su misión. La que no posea estas cualidades será un fracaso. La Inspectora así formada, es la única capaz de abarcar la responsabilidad de la educación de 1J a mujer que ha de formar al hombre y servirle de compañera, y que, desde el hogar y la escuela, echará en firme los cimientos de una sólida civilización, engrandecimiento de la España del porvenir. Y aunque los Inspectores de hoy, posean todas estas cualidades, nunca su actuación en la escuela de niñas, dará el rendimiento que de la Inspección femenina puede esperarse.


La diferencia del sexo; la falta de confianza mutua el respeto a la mujer, y la protección y galantería impuestas al hombre por la naturaleza y la sociedad, impiden, por lo menos, la compenetración de sentimientos y aspiraciones, cuando razones de moralidad no hablan más alto interponiendo una valla infranqueable entre el subordinado y la autoridad, que ha perdido su fuerza moral. El problema del analfabetismo se resuelve con amor. Toda mujer lleva un niño dormido en el .corazón, porque Dios lo quiso, dijo bellamente el poeta; el hombre del siglo XX lo lleva despierto en la inteligencia, porque las necesidades sociales se ]o exigen; pero yo afirmo categóricamente, con la experiencia de 32 años de vida profesional, y con la obsesión de un ideal que es mi vida: que-el problema del analfabetismo solo se resolverá cuando se asocie la mujer a la legislación de las leyes que regulan la enseñanza; -cuando de las manos de la madre por la naturaleza, pase el niño a las de la Maestra, madre por la inteligencia y el corazón; cuan.do por el amor espiritual se haya conseguido ahogar los impulsos groseros del instinto; cuando desde la escuela se formen los niños para un hogar consciente, y cuando desde el hogar consciente se haya formado una escuela responsable.



CONCLUSIONES


Que se asocie la mujer a la legislación que regula la        enseñanza primaria.

Construcción directamente por el Estado, de casas viviendas para los Maestros, locales escuelas dotados de material pedagógico y científico.

Preparación especial de la Maestra, con miras al hogar y a la familia.

Establecimiento con profusión, de escuelas de párvulos, con personal especializado.

Preferencia a las Maestras para desempeñar escuelas mixtas, y que tanto éstas como las unitarias, tengan clases de adultos y adultas.

Que toda escuela pública o privada servida por maestra sea visitada y orientada, por la inspección femenina;

Que se reserven por lo menos la mitad de las vacantes de Inspección para ser provistas en Maestros y Maestras en ejercicio, exigiéndoles las garantías que se estimen convenientes.


                                      Faustina Álvarez


León, 17 de Agosto 1926

martes, 28 de enero de 2014

CUALIDADES QUE DEBE POSEER UN MAESTRO DE PRIMERA ENSEÑANZA (1860)




 

Se expone un resumen sobre las cualidades que ha poseer el futuro maestro, tanto en el aspecto moral, social y físico.

Los autores son Valentín Zabala Argote (inspector electo de primera enseñanza) y Julián López Catalán (maestro superior de Zaragoza).

El escrito data de 1860.

 

Más adelante, en otras intervenciones en este BLOG, seguiré profundizando en las sorprendentes teorías pedagógicas de Valentín Zabala. Tal vez su figura ha pasado desapercibida en el panorama docente, sin embargo, merece la pena leer sus escritos, que nos han llegado gracias al interés y entusiasmo de su amigo Julián López

 

De la conducta y laboriosidad del pro­fesorado de primera enseñanza depende en su mayor parte la felicidad ó desgracia de las generaciones pre­sentes y de las venideras. Penétrense, pues, los maes­tros de su cometido, y reflexionen sobre la trascendental mision que está á su cargo. Los padres de familia les hacen depositarios de las joyas mas preciosas que po­seen, y si para fiar á una persona cualquiera un ob­jeto de poco valor se le exigen garantías, con mas ra­zon deben exigirse al hombre, á quien se le encarga cuanto hay en este mundo mas caro para las fami­lias; los objetos de su mayor cariño, las prendas de su mayor estima. La sociedad entera se confia á los maestros de la niñez, á su discrecion entrega los nuevos vástagos que mas adelante han de sustentarla y nutrirla con sus frutos . Agréguese á esto que la mision del profesor es no solo trabajar en bien de la sociedad, sino en bien del individuo, y nos convence­remos de las bellas circunstancias con que debe contar un encargado de la educador] si ha de cumplir dig - namente con su deber.

 

Al que tenga la dicha de poseer todos los recursos propios que son necesarios á este objeto, y haga buen uso de ellos en la educacion, ha de serle muy lleva­dero su trabajo, porque sobre ser amado de los ni­ños, recaerán tambien sobre él las bendiciones de los padres. Por el contrario, el que carece de dichos recursos ó, si los posee, no los utiliza oportunamente, sobre pasar una vida trabajosa y ser rechazado por los discípulos, no alcanzará proteccion entre los hom­bres, y merecerá la reprobacion social. De aquí la ne­cesidad en que están los maestros de primera ense­ñanza de meditar mucho sobre lo trascendental de sus deberes, para prepararse á su exacto cumplimiento. Con este objeto, vamos á exponer las dotes con que deben contar para que puedan llenar dignamente su delicado co­metido.

 

Son de tres clases, segun que se refieran al hom­bre físico , intelectual ó moral; y como estas las con­siderarnos las mas importantes, hablaremos primero de las circunstancias morales, siguiendo con las intelec­tuales y concluyendo con las físicas.

 

Para que un hombre trabaje, no ya contento y go­zoso, pero aun con entusiasmo en las faenas y ocu­paciones á que se dedique, es indispensable que, ante todo, sea guiado por una voluntad dócil á la razon, y decidida á no cejar en su propósito. Aun asi, los obstáculos con que tropiece le arredrarán é incitarán á abandonarla; y muy señaladamente, si los resulta­dos que alcance no corresponden á sus esperanzas.

 

Los maestros, durante el curso de su vida, siempre hallarán en el desempeño de su cometido tareas pesa­das y sinsabores continuos; pero los buenos encolara_ rán su premio y recompensa en la satisfaccion de ha­ber cumplido con su deber y en las bendiciones de los que hayan educado.

 

El que abrace esta profesion para especular, el que entrevén en ella un brillante porvenir, recibirá indu­dablemente amargos desengaños , pues sin bajar á la extrema pobreza, no pasará tampoco de ocupar una posicion sobradamente humilde. De lo dicho debemos deducir que las mas nobles circunstancias que deben adornar á un profesor, son: un grande entusiasmo, un celo ardiente , un desinterés sin límites, y un irresistible deseo de hacer bien á sus semejantes.

 

Claro está que no debe tampoco prescindir abso­lutamente de una recompensa que le proporcione lo preciso para vivir con cierta decencia y desahogo, ne­cesarios para procurarle estima entre sus semejantes; pero no debe ser este el principal aliciente que le mueva al trabajo, sino una probada fortaleza y una decidida vo­cacion á hacer el bien, circunstancias ambas propias para abrazar una profesion tan penosa como humilde. Si no se considera con estas dotes, con estas preciosas cualidades; si conoce que no vale para luchar con el carácter de los niños, es decir, con la impertinencia, la ignorancia y los malos hábitos, ni con las ridicu­leces, preocupaciones y exigencias de algunos padres; si, estudiándose á si mismo, no se halla con la sufi­ciente resolucion y energía para salir airoso en tan delicado cometido, elija otra profesion ú oficio, explo­te otro modo de vivir, en el que, sobre poder con­seguir una posicion mas holgada, aunque no mas no­ble, vivirá mas contento y podrá ser acaso mas útil á la sociedad. Y no se crea que ese entusiasmo y buen deseo se necesitan tan solo para arrostrar los penosos trabajos inherentes al magisterio y para contentarse  con las pocas utilidades que proporciona, sino tam­bien para seguir con rumbo fijo la estrechísima senda que le marcan sus obligaciones.

Tan penosa es la vida de un profesor, que parece increible pueda un hom­bre soportarla. Necesita tal cumulo de principios, lleva consigo tal linage de privaciones, que solo una pro­funda conviccion del bien que está llamado á prestar podrá sostenerle dignamente en su ministerio.

El maestro tiene que separarse de la línea que siguen la mayor parte de los hombres. Todas sus acciones deben llevar el sello de la moral mas pura y de la mas sincera religiosidad, procurando que nada le falte de cuantas bellas cualidades son propias de un hombre de bien; pues, si mal mirada es la inmora­lidad é indiferentismo religioso en un individuo cual­quiera, con mayor razon lo será en aquellos que es­tán encargados de la educacion.

El maestro ha de poseer el corazon mas noble y sin­cero, las creencias mas puras y la virtud mas acriso­lada; puesto que sin estas hermosas prendas serian inútiles todos sus esfuerzos. El tiene que fomentar la caridad, ó el amor á Dios y al prójimo; tiene que sem­brar la virtud y desterrar el vicio, y en manera al­guna no lo podrá conseguir sin sancionar sus consejos por medio del ejemplo.

El enemigo capital de la caridad es el egoismo, asi como la traicion lo es de la lealtad; la hipocresía de la sinceridad; la sensualidad de la pureza, y el vicio, én ge­neral, de la virtud. El hombre perverso no desea el bien de los virtuosos, antes por el contrario los detesta porque no siguen sus criminales huellas.

Ahora bien, si un en­cargado de la educacion no fuese virtuoso ¿podría tra­bajar con el interés que es indispensable, para ir gra­bando en el ánimo de sus discípulos los principios que él desprecia ó por lo menos mira con indiferencia? ¿Es posible que se desvele por inculcar ideas contra­rias á sus convicciones? La hipocresía está sujeta á muy estrechos limites: todo cuanto oculta bajo su su­til velo se deja entrever al manifestar ideas contrarias á sus prácticas. Cuando un hombre no hace lo que su conciencia le dicta, parece que el corazon le pregunta irritado: ¿por qué mientes? Estas sensaciones internas que son el signo de reprobacion de tan fatal conducta, no siempre se pueden ocultar, y en ciertas ocasiones, por mas cuidado que se tenga, se escapa alguna pa­labra ó alguna accion que dá al traste con los recursos que se han puesto en juego para ocultar los defectos de que se adolece: asi los niños, aunque amonestados por el hipócrita, seducidos por el ejemplo, se pervier­ten y continuan en sus malas inclinaciones.

 

Queda, pues, probado que sin una sincera y acendrada virtud es di­ficil conseguir resultados en la educacion. No queremos decir que los maestros sean santos; semejante deseo, aunque laudable, seria una quimera; el maestro tendrá como la generalidad defectos propios de su tempera­mento y de sus pasiones; pero si se estudia á si mismo con el generoso intento de conocer sus malas inclina­ciones y vencerlas, si este propósito es llevado á cabo con algun mediano éxito y no ceja en tan recomen­dable senda, se hallará precisamente en las condiciones que exigimos, porque, como dice un escritor ale­man, solo Dios es perfecto y de una vez.

Por bien organizada que se encuentre una escuela no dejarán de encontrarse en ella algunos niños dís­colos, tercos y aun mal intencionados, que, sometiendo á prueba el carácter del profesor, le incomoden y le pongan en el duro trance de castigarlos. En estos ca­sos es cuando el maestro debe usar de prudencia, para elegir los medios mas oportunos á fin de no compro­meter su reputacion ante toda la escuela. El irritarse y el dar á entender falta de serenidad, sobre contri­buir á poner en relieve sus defectos ante los educan­dos, puede con estos excederse en el castigo y sufrir despues las consecuencias que puedan sobrevenir. El hombre de genio pronto é irascible no puede conte­nerse en el momento en que se le incomoda, y tal vez, poseyendo un corazon sensible, se ve comprometido sin pensarlo á sufrir los efectos de su carácter. El que tenga esta falta no vale para maestro si no está so­bre si y procura adquirir la preciosa virtud de la pa­ciencia. Si, la paciencia, este precioso tesoro que debe poseer el hombre, para saberse contener en el mo­mento de una impresion desagradable, es indispensa­ble al maestro para que todos sus actos lleven el sello de la justicia y de la prudencia.

Procure convencer á sus discípulos de que nun­ca, por mas faltas que cometan , tiene resentimiento personal contra ellos , de que nunca les castiga con impremeditacion y menos por capricho, y de que si alguna vez impone algun castigo, es únicamente más por que han faltado al deber y porque les sirva de correctivo. Esta idea que enaltece ante los niños la justicia y que dá un realce paternal á la autoridad del maestro, se graba en ellos haciendo uso de la pa­ciencia y perdonando las ofensas en que el maestro fuese el agraviado.

 

Pero tampoco debe convertirse la paciencia en debilidad, porque, conociéndolo muy pronto los niños y abu­sando de la falta de firmeza del profesor, le faltarían abiertamente á la disciplina, y le serian poco menos que inútiles todas las demas dotes que pudiera ate­sorar. Debe, pues, el maestro poseer un carácter grave que no adolezca de irritable ni de débil, que se retrate en él siempre la bondad para captarse el amor de los niños; pero que nunca por debilidad deje pasar una falta, sino que la castigue en todos los casos segun su importancia, dando á entender á la vez el senti­miento que le causa el tener que hacer uso de un me­dio que repugna á un ser racional. El maestro debe aparecer ante los niños á la vez que corno un pa­dre cariñoso, como un respetable juez que siempre está dispuesto á corregir y aun á castigar todos los des­manes que se cometan. Afable y contemplativo para con los buenos, risueño é insinuante para con los que se cor­rigen, grave y severo para con los malos, y, segun los casos, amable para con todos.

 

Un profesor que reuna estas circunstancias, bien pue­de encargarse de una escuela sin temer un mal re­sultado bajo el punto de vista moral; pero no es esto solo lo que se exige; es preciso tambien infundir la moralidad con el ejemplo , conocer el corazon de los niños y procurársela ; preveer las causas capaces de frustrar sus esperanzas , y contar con recursos efica­ces y apropiados á las mil y mil circunstancias en que se le presentan el entendimiento y la voluntad de los niños: estar persuadido del buen resultado probable de sus medios de disciplina, y no solo saber desar­rollar las facultades de los discípulos sino tambien enriquecerlas con conocimientos positivos: en una pa­labra , el profesor tiene necesidad de ser instruido ade­más de ser eminentemente moral.

 

Una instruccion especial es indispensable á todo maestro para poder llenar cual corresponde su de­ber, que no es solo procurar por la felicidad eterna que aguarda al hombre virtuoso: éste ha nacido tam­bien para vivir en sociedad y por consiguiente tiene derechos que respetar y deberes que cumplir : es ne­cesario, pues, enseñarle á dirigirse por el laberinto de esta vida, sin perder su norte, su rumbo primordial, es preciso para educarle, instruirle , y por eso se hace indispensable en el encargado de tan delicada tarea, no tan solo una conciencia recta, sino una razon ilustrada y una competente instruccion, que á la vez debe saber comunicar.

 Un maestro, in­telectualmente hablando: ya dijimos que no le queríamos ni le necesitábamos ; no hay por que desear que sea un portento de ilustracion, ni es preciso que penetre los arcanos de las ciencias; pero sí le es indispensable saber algo mas de lo que ha de enseñar y tener las necesarias dotes para acomodar la instruccion á la capacidad de sus educandos.

 

No todos los que poseen muchos conocimientos sa­ben enseñar. Esto requiere cierto tino particular, re­quiere un estudio razonado para enterarse de las di­ficultades que encierra la enseñanza y hacerla en lo posible fácil de adquirir: necesita el profesor conocer la esencia de la materia que explique y las facultades que mas trabajan en su comprension, á fin de expo­nerla con un acertado método que se acomode á los di­versos modos de ser de la inteligencia, y sobre todo al desarrollo y cultura de la razon ; necesita estudiar los diversos procedimientos que mejor pueden amol­darse á la enseñanza, elegir los métodos mas adecua­dos á las tiernas inteligencias y saber sostener aquel ascendiente tan indispensable al buen régimen. escolar. Y todo esto; no lo conseguirá, seguramente, si sus conocimientos son escasos: creer otra cosa sería un error de graves consecuencias, y aunque no hay que temerlo porque las Escuelas Normales inician al maestro en todo lo que necesita, no debe este hacerse la ilusion de estar suficientemente preparado por sola la circuns­tancia de haber obtenido el titulo. No faltan, por des­gracia, profesores que abandonan el estudio despues que salen de las Escuelas Normales , por cuya causa estamos seguros de que han de sentir tristes conse­cuencias; pues, ni podrán dar resultados satisfactorios en los cargos que se les confien, ni prosperar en su car­rera, natural y justa aspiracion del hombre laborioso.

 

El profesor celosoy entusiasta, despues de conseguir del gobierno de S. M., con el titulo, la preciosa pre­rogativa de educar la juventud, tiene un gran compromiso de conciencia en mejorar constantemente sus conocimientos, dedicándose á lecturas provechosas que alimenten su espíritu con sanas doctrinas y lo puri­fiquen con saludables verdades. Sobre todo tiene ex­trema necesidad de dedicarse á estudios prácticos sobre la manera de educar, sobre el modo de instruir, y délo aquí al frente de sus mas importantes estudios, los pedagógicos. Y en electo, sin esta preparacion ¿le será dado al pedagogo teórico conocer los variados tem­peramentos de los niños, los efectos que haya podido producir en ellos la educacion doméstica, los síntomas con que se presentan sus viciados sentimientos, y los diversos medios que debe emplear para corregírselos y someterlos á un régimen general sin que ninguno se perjudique?....Un maestro ansioso de cumplir exac­tamente con su deber , observa los defectos de los niños, prueba los medios que le parecen mas opor­tunos para corregirlos, está á, la espectativa de los resultados que producen , los modifica en muchas ocasiones, y en no pocas los varía por completo. Si­guiendo esta conducta, estudiando con detenimiento las obras pedagógicas y sacando todo el partido po­sible de las aplicaciones teóricas, puede sobresalir entre la generalidad de sus comprofesores y ser útil y digno miembro del noble magisterio de primera enseñanza.

 

Los estudios literarios no son menos indispensables al profesor después de haber terminado su carrera, pues sin ellos en vano se afanará por buscar medios de instruir y educar. El maestro debe ser muy reflexivo y decididamente estudioso. Muchos hay, y no son pocos los que conocemos, que tienen una marcada superioridad de conocimientos con relacion á los que poseian al terminar su carrera ; pero tampoco duda­mos que habrá otros, que siendo muy aventajados, ha­brán perdido lastimosamente y no parecerán los mis­mos. El resultado que dén unos y otros fácilmente se concibe.

 

En las Escuelas Normales solo se enseñan los rudi­mientos de las ciencias, y aunque estos bastan para enseñar á los niños, el poco tiempo en que aquellos tienen que adquirirse y la escasa preparacion que se exige á los alumnos para ingresar en dichos estable­cimientos, son suficiente causa para que no se com­prendan con claridad. Al terminar un alumno su car­rera, se encuentra con ideas y conocimientos, pero no tan claros como es necesario ; y si despues descuida el estudio , puede asegurarse que se incapacita para la profesion. Es preciso desengañarse; en las Escuelas Normales se enseña á estudiar, se exponen las ven­tajas del estudio, se dan los primeros pasos, se pone el cimiento de la noble profesion del magisterio y se presentan los medios de completar la obra; pero en manera alguna es esto bastante. Ténganlo presente los profesores si aman la carrera que han abrazado y no quieren cargar con una inmensa responsabilidad ante Dios y ante los hombres.

 

Pero no son suficientes las circunstancias que he­mos enumerado, sin embargo de ser muchas y difíci­les de poseer, para que un profesor pueda llenar debidamente su cometido. En efecto, su vida es una ca­dena no interrumpida de trabajos y penalidades , que comienza con el primer dia de su carrera y termina en el sepulcro; por tanto, si quiere soportar los dis­gustos que son consiguientes y hacer mas llevadera su trabajosa profesion , es preciso que esté adornado de buenas dotes corporales. Son tan árduas y tan con­tinuadas sus tareas, que no solamente necesita buenas circunstancias morales é intelectuales, sino tambien un físico vigoroso y poco predispuesto á enfermedades. Na­die duda de la influencia directa que ejerce la salud en nuestros trabajos; nadie habrá que crea que una per­sona enfermiza, achaquienta ó valetudinaria se halle dispuesta á arrostrar tareas continuas y pesadas , y mucho menos las que lleva consigo la educacion de la niñez.

 

Mas no es esto solo lo que físicamente imposibi­lita á un profesor para el trabajo, sino tambien los defectos de conformacion. La falta de buena vista, la sordera y la deformidad de algunos de los miem­bros, dan lugar por necesidad á la indisciplina esco­lar con sus perniciosas consecuencias. La falta de vis­ta contribuye á que los niños abusen por la seguri­dad que tienen de no ser apercibidos; en un principio pueden ser leves los desmanes que se cometan, pero van tomando incremento poco á poco hasta que la escue­la casi se entrega por completo al desórden, despre­ciando los demas medios disciplinarios. En estos ca­sos sucede, por lo regular, que se vale el profesor de los premios y castigos como de un medio supletorio ásu defecto, y el resultado no puede dar lugar mas que á disgustos con las familias, á quejas de las autorida­des, y al desprestigio dentro y fuera de la escuela. Lo mismo pudiéramos probar la necesidad del oído; pero como nadie puede poner en duda su importan­cia, en un maestro especialmente, no nos estendere­mos en este punto.

 

Tambien es un defecto de mal resultado la deformidad de algunos de los principales órganos, como la esce­siva cojera, por ejemplo, que expone al profesor á ser el blanco de las burlas y risas de los niños, con grave perjuicio de la educacion. Estos son muy propensos á imitar y no es dificil verlos en la calle , y aun al­guna vez en la escuela , ridiculizando el defecto del profesor con gesticulaciones y con apodos estrava­gantes.

Por eso el gobierno de S. M. en su reglamento de Escuelas Normales no permite cursar en ellas a los que se hallen en casos de esta naturaleza; y ojalá se ob­servase esta disposicion con mas escrupulosidad de lo que se hace.

 

Hasta ahora solo hemos hablado del maestro consi­derado en la escuela. Veámosle corno individuo de la sociedad, y aunque lo haremos ligeramente, no quere­rnos dispensarnos de hacer algunas indicaciones.

Tambien los deberes que el maestro tiene en socie­dad influyen grandemente en el resultado de las es­cuelas. Y no puede menos de ser asi; porque sabida la relacion tan intima que une á padres y á hijos, na­turalmente se concibe que las afecciones de aquellos han de reflejarse en estos. Si el maestro no conociese al hombre social; si nó concibiese los deberes que le ligan con sus semejantes,  si nó poseyese el suficiente genio para po­nerlos en práctica, de seguro le tendrian en mal con­cepto. Los niños oirian en sus casas hablar mal de su maestro, desconfiarian desde luego de él, y se perdería aquella armonía que debe haber entre el maestro y sus discípulos, entre aquel y los padres de familia.

Damos ya por terminada esta materia, y nos per­suadimos de que, aunque no nos hemos detenido tanto corno hubiéramos deseado, ha de servir a los maes­tros para que se penetren de los importantes recursos con que tienen que contar y de la gran trascendencia de sus deberes. Sería útil que estudiasen este punto antes de comenzar la carrera; pero ya que asi no sea, háganlo despues y procuren su perfeccionamiento: solo de este modo podrán adquirir influencia moral y vivir en medio de sus penalidades tranquilos con su con­ciencia.